Hoy por
hoy, ir al supermercado es una actividad que no dista demasiado de visitar un
museo. Dicho así puede parecer una locura, pero, si nos paramos a pensar, ambas
situaciones comparten muchas cosas. Paseamos por un recinto que nos muestra
decenas de obras muy variadas en tamaño, forma, color y textura. Cada una ha
sido elaborada minuciosamente para llegar al resultado deseado y, tanto en un
caso como en otro, un profesional con conocimientos artísticos ha tenido que
intervenir para que el producto tenga cierta calidad estética.
La
oferta es abrumadora y se amplía en función del ámbito: electrodomésticos,
vestimenta, cosméticos, juguetes, vehículos… Miles y miles de objetos se
exhiben en tiendas distribuidas por toda la ciudad. Y no solo eso, también
podemos verlos desde casa, a través de internet. Si necesito una silla, escribo
en el buscador y una explosión de asientos aparecerán en la pantalla.
Este
contexto, al que se suman las campañas de marketing y publicidad, nos pone en
una situación difícil en la que gastar es obligatorio. Además, el tiempo de
compra es aquel que nos queda después del trabajo, por lo que solemos estar
cansados o predispuestos a la relajación y disfrute del momento. Es normal
entonces que no dejemos el tiempo suficiente para reflexionar sobre la compra.
Ahora
bien, lo que la mayoría de gente desconoce, y puede que tú incluido, es el
poder que tenemos en ese momento. Apostar por un producto, otro o ninguno es
una decisión capaz de cambiar el mundo.
Como
consumidor, eres una rama importante en la economía y tus actos contribuirán a
que ésta prospere o no. Nuestro sistema económico puede explicarse a través del flujo circular de la renta que, en resumidas cuentas, establece las siguientes relaciones:
- Las personas ofrecen trabajo a las empresas a cambio de dinero.
- Las empresas producen bienes y servicios haciendo uso del trabajo de las personas y diferentes materias primas.
- Las personas compran los bienes y servicios con el dinero que les han otorgado las empresas.
Cabe destacar que los servicios, en la mayoría de los casos, dependen de los bienes: sin bienes a los que recurrir, no suele prestarse el servicio.
El
objetivo general de la población es poder enriquecerse, es decir, acumular
capital para tener un mayor nivel de vida. No obstante, ¿sabemos el costo que
ello tiene?
Si un
individuo desea obtener grandes ganancias, debe producir muchos bienes que la
mayoría de la población pueda y quiera comprar. Cuantas más compras se
produzcan, más riqueza generará la empresa. En este principio que a simple
vista parece lógico, radican los problemas protagonistas de este post: la
desestimación y acumulación.
La
desestimación es el rechazo de un bien porque no satisface las necesidades del
usuario. Normalmente cuando algo se rompe lo tiramos porque ya no aporta
ninguna utilidad. De igual manera solemos deshacernos de la ropa que se nos
queda pequeña porque, para nosotros, ya no es funcional.
Desechar
objetos es un hábito, pero también significa comprar otros nuevos. Esto es algo
que las empresas saben e intentan incentivar con el fin de aumentar el consumo.
Para ello, hacen uso de diversos recursos, como acortar la vida útil del
producto que ofrecen o diseñar nuevos objetos de satisfagan mejor o más
necesidades que la competencia. La constante desestimación genera nuevas
adquisiciones, o sea, muchísimos ingresos, pero también grandes cantidades de
basura. Basura que ha de gestionarse a las afueras de la ciudad y que no
siempre va a poder ser reciclada o asimilada por el planeta.
Aquellas
veces que no rechazamos los productos, pero tampoco generan utilidad en el
momento presente, el camino que seguimos es la acumulación. Solemos guardar
cosas cuando creemos que pueden aportarnos valor en el futuro. Siempre que se
haga en cierto nivel y de manera coherente, la acumulación no tiene por que ser
mala. Sin embargo, la situación que más suele darse es el almacenamiento
descontrolado de bienes, llegando a ser tantos que nos olvidamos de ellos y/o
el lugar donde los situamos.
En
conclusión, la desestimación y la acumulación son inconvenientes derivados de
un sistema ineficiente y una pobre gestión de nuestros productos.

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